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Artículo completo de Mónica Celerio y Patricia Gosálvez en El País en este enlace.

Samantha, profesora de música, está cuidando el patio. Nada más salir, se pone sus tapones. Le costaron 90 euros y rebajan el sonido unos 30 decibelios. “Están hechos a medida y quitan la resonancia”, explica, hablando alto para hacerse oír sobre el alboroto infantil. “Me los compré por salud. Me dolía la cabeza y temía perder audición”. A su lado, una niña se tapa las orejas y dice que el recreo no le gusta por el ruido. Otros dos, sin embargo, leen Harry Potter ajenos al barullo. En una app diseñada para niños llamada Sonómetro-Mutis, el termómetro está en rojo: se han superado los 90 decibelios.

No hace ni una hora los alumnos han asistido en el salón de actos a una obra de teatro en la que dos actores interpretan a Silín y Ruidón, las mascotas creadas por Antonio Calvo-Manzano, secretario general de la Sociedad Española de Acústica, para concienciar a los más pequeños sobre el ruido. “No se puede ser ruidoso y bueno”, dice Silín mientras los gritos y golpes de Ruidón hacen reír a los niños. La obra les enseña cómo transportar las cosas de un lado a otro sin hacer ruido o que las lavadoras no deben ponerse por la noche.

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